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Rastros de enfermedad en algunos poetas colombianos por V.J Romero – Hoja Negra
jue. Ago 13th, 2020

Rastros de enfermedad en algunos poetas colombianos por V.J Romero

15 min read


V.J Romero es profesor del departamento de humanidades
de la pontificia universidad javeriana de Cali


La presente ponencia pretende rastrear la enfermedad en algunos poetas colombianos, teniendo como base el hecho de que tanto en las obras poéticas de finales del siglo XIX, como en las del siglo XX y comienzos del XXI es constante la mención de la enfermedad, el dolor y la muerte, no solo la propia, sino la ajena, y no solamente como hecho físico, sino como metáfora, tanto por la ausencia del otro, o de la otra, como por la situación del poeta en el mundo. Aunque, las obras y las vidas de José Asunción Silva y Raúl Gómez Jattin son las más llamativas, como se verá, no son
las únicas.


La enfermedad señalada como padecimiento de otros y como dolor propio ha sido una constante de la poesía, en general, y de la colombiana, en particular. Y la enfermedad no es solo señalada como dolor del cuerpo, sino como dolor del alma. De hecho, como puede verse, es más frecuente el dolor espiritual que el corporal, aunque, como todos sabemos, las enfermedades del alma, los padecimientos interiores, terminan siendo expresados por el cuerpo en distintas dolencias.


Los poetas, y creo que ese es rasgo característico de la poesía, sienten como suyo el dolor de la patria, de los próceres, como puede verse en el hecho de que uno de los temas más recurrentes de la poesía colombiana es la estatua del libertador Simón Bolívar.
Y también de la gente, del padre, de la madre, del hijo e incluso de los animales, como lo muestra, por poner un ejemplo, el poeta Epifanio Mejía, con su poema La muerte del novillo, que fue por muchos años un ícono de la poesía colombiana. Por ello, puede decirse que la poesía colombiana nos ha dejado evidencias profundas del dolor que sentían los poetas por lo que les acontece a los seres humanos.


El poeta y su mundo


Lo primero que uno se pregunta es quién lee poesía en estos años. Y la respuesta es la misma de hace cien o doscientos años. La poesía la leen (y la escriben) personajes solitarios y, la mayor parte de las veces, tristes, llenos de miedos y angustias por el mundo en el que les tocó vivir.


Desde José Asunción Silva, pasando por Julio Flores y Porfirio Barba Jacob, hasta llegar a Raúl Gómez Jattin, por donde se mire la poesía moderna, incluso la de los poetas recientes, tiene tintes de tristeza, de modulación del pensamiento con reflexiones filosóficas. Muchos de ellos, por no decir todos, incluso terminan por acercar el amor a la enfermedad y a la muerte. La poesía festiva o filosófica es poca comparada con aquella otra que tiene sabor de nostalgia, de bolero.


Así, al buscar poemas que nos acerquen a la enfermedad, el trabajo se nos vuelve de alguna manera, fácil. Y es fácil, porque si buscamos poemas de amor o de enfermedad veremos cómo se van mezclando. Empezaré con Silva y seguiré los poetas más notables de los siglos XIX y XX.


José Asunción Silva


El poeta Silva antes de su suicidio se enfrentó a un sinnúmero de tragedias personales con las que construyó su mundo poético. Está por ejemplo la muerte de su padre, la quiebra de su negocio, que según los historiadores se debió a su mala administración, y la muerte de su hermana, con quien mantenía una relación tan estrecha y afectuosa que muchos han llegado a catalogarla como
pecaminosa.


Se ven, entonces, en la poesía de Silva la tristeza y la nostalgia en los más diversos tonos. Y obviamente, retomando todas las influencias de los poetas con quienes pudo compartir durante su estancia en Europa, carga sus versos no solo de tristeza, sino también de un cierto cinismo que, quizás, es otra forma de enfrentarse al dolor de la enfermedad y las ausencias de sus seres
queridos.


El poeta Silva dejó varios libros que nos muestran el dolor, la angustia y la melancolía. Su novela, De sobremesa, como lo señala Jorge Mario Ochoa, en su texto El poeta en De sobremesa, de José Asunción Silva, está minada de referencias a la enfermedad. Y sus libros, en especial Gotas amargas, son un canto a los padecimientos, el dolor y la muerte. Ahora un desfallecimiento interior la embarga; ha sentido una picada ahí, en el punto que el médico le mostró como foco de la enfermedad que la devora y el punzante dolor vuelve a traerla a la realidad… ¡Ah! sí, la tos, el sudor, el insomnio, los cáusticos, la unturas de yodo, el viaje al Mediodía, el aniquilamiento… la muerte… el fin, todo eso está cerca (Silva, 1996: 323).
Veamos algunos de sus textos:


En su libro Intimidades aparecen varios poemas que aluden a la enfermedad. El primero de ellos, A una enferma, recoge las recomendaciones que le haría hoy cualquier médico a sus pacientes. Es una invitación a dejar la casa y salir al campo, a contemplar los amaneceres y respirar el aire puro. Quizás así, dice el poeta, “encuentres nueva vida, que devuelva roseo color a tus mejillas pálidas, venturosas sonrisas a tu boca y sueños infantiles a tu alma” (Silva, 1979: 14).


Luego, en el poema Crisálidas (Silva, 1979: 41), cuenta la historia de la niña que va al campo y allí, durante su convalecencia, recoge, oculta “entre un ramo de silvestres flores” una crisálida. Y al cabo de unos días, cuando la niña muere, los presentes sienten “leve rumor de alas” y ven cómo escapa por la antigua ventana una pequeña mariposa dorada. El poeta ve la semejanza entre la huida de la mariposa y la huida del alma de la niña y se pregunta: cuando eso pasa, ¿qué encontrarán las almas?


En los poemas Psicopatía, Avant-propos y El mal del siglo se muestra cómo la literatura, la filosofía y el mucho pensar pueden conducir a la enfermedad. En el primero, una niña camina por el parque y de pronto ve a un hombre vestido de negro, “pálido, descuidado, soñoliento, sin tener en la boca una sonrisa”. Cuando le pregunta a su padre por el mal que lo aqueja, la respuesta del padre es: “sufre este mal… pensar… esa es la causa de su grave y sutil melancolía” (Silva, 1979: 74).

En los otros dos también señala el pensar y el leer como causas de enfermedad. El poema Avant propos es una reiteración, esta vez desde la ironía, de que el mucho pensar produce enfermedad y dolor. Lo que de alguna manera nos recuerda la enfermedad de don Quijote de la Mancha y de la necesidad que el barbero y su hermana veían de que abandonara las lecturas, pues estas lo iban a llevar a la muerte: “Prescriben los facultativos, cuando el estómago se estraga, al paciente, pobre dispéptico, dietas sin grasas…” (Silva, 1979: 83). Y en el poema incluso señala qué es lo que no debe seguir haciendo el paciente: “pobre estómago literario que lo trivial fatiga y cansa… no sigas leyendo poemas llenos de lágrimas”(Silva, 1979: 83).


Y en Psicoterapéutica y El mal del siglo, que es uno de sus más famosos poemas, incluidos los dos en el libro Gotas amargas, se burla con ironía de los filósofos y aquellos que se dejan enfermar por el mucho pensar. “Si quieres vivir muchos años y gozar de una salud cabal, ten desde niño desengaños, practica el bien espera el mal” (Silva, 1979: 88), aconseja en el primero de ellos.


Y en el segundo, El mal del siglo, que es como una pieza de teatro, los dos personajes conversan. “Doctor, un desaliento de la vida que en lo íntimo de mí se arraiga y nace… Un cansancio de todo, un absoluto desprecio por lo humano… un malestar profundo que se aumenta con todas las torturas del análisis, dice el paciente. A lo cual le replica el doctor: Eso es cuestión de régimen:

Camine de mañanita, duerma largo, báñese, beba bien, coma bien, cuídese
mucho, ¡lo que usted tiene es hambre!” (Silva, 1979: 84).


Y también aparecen poemas como Enfermedades de la niñez y Cápsulas. En ambos aparece la enfermedad, pero en Capsulas cuenta la tragedia del pobre Juan de Dios, para señalar cómo ya desde aquella época los doctores y los pacientes iban volviendo recurrente curar todo con cápsulas. Y el paciente se cura de las enfermedades del corazón con cápsulas, pero cuando se trata de enfermedades de la mente, el enfermo se cura con cápsulas de un fusil (Silva, 1979: 87), que fue la misma dosis que uso el poeta para salir de este atolladero de pasiones y desilusiones que a veces es la vida para los filósofos y los soñadores.


Otros poetas


En la poesía de Rafael Pombo y Julio Flórez aparecen el dolor, la enfermedad y la muerte. En especial, en Elvira Tracy, de Pombo, y en el extenso poema Altas ternuras, de Flórez, que compone como una elegía a la muerte de su madre:


Hoy que el recuerdo de tu amor embarga / mi corazón, resurge tu
presencia / de mártir, en la sombra y la inclemencia / de esta noche
tan lúgubre y tan larga. // Óigote alzar tus fervorosas preces, / y,
poner a mis temores traba, / ocultarme tu angustia: Cuantas veces
// por no hacerme sufrir –¡tarde lo entiendo!–/ contuviste la tos
que te mataba…/ pues, sin saberlo yo… te ibas muriendo (Flórez,
1943: 57).


Rafael Pombo


El poeta Pombo, al igual que todos los demás poetas, de finales del siglo XIX, estaba preguntándose por las ciencias, por lo que será, por lo que seremos. Ese era el mal del siglo que había señalado Silva. Pombo nos muestra su tragedia como poeta en dos memorables poemas: Hora de tinieblas y Elvira Tracy. En ambos se ve como una víctima de Dios o del destino. Es un hombre que no acepta todo ese dolor que lo doblega. No lo acepta, y sin embargo le escribe versos. Esa es su tragedia. En Hora de tinieblas se pregunta sobre el dolor de la vida: “Fuente que de la montaña salió emponzoñada ya, en su claras linfas va ponzoña por la campaña; envenena cuanto baña; corrómpese ella también, ¿quién la depura? ¿Quién la devuelve a su manantial? ¿Quién esa fuente del mal tornará fuente de bien?” (Pombo, 1943:200).


En el segundo, Elvira Tracy, recrea la tragedia de la pequeña Elvira a quien los ángeles enamorados se la han llevado en su temprana juventud: “¡Pobre madre!, ¡del hombre la guardaste, pero esconderla a su ángel no supiste! La vio, se amaron, nada sospechaste y en impensado instante la perdiste. Vio al expirar a su ángel adorado y abrió los ojos al fulgor del cielo y dijo: el
sacrificio ha terminado, ¡ven vámonos a casa!, y tendió el vuelo” (Pombo, 1943: 231).


Ya a comienzos del siglo XX aparecen los poemas del poeta Eduardo Carranza, cuyo poema Soneto con una salvedad nos muestra todo el dolor y el sufrimiento por el que pasa este país:


Todo está bien: el verde en la pradera, el aire con su silbo de diamante… Bien está que se viva y que se muera. El sol, la luna, la creación entera, salvo mi corazón, todo está bien (Carranza, 1983: 97).


Además, el dolor del poeta no es solo el dolor de su propio corazón enfermo, sino el dolor de ver el estado en el que andaba la nación entera. Y uno de los poetas que marcó la vida poética del siglo XX, por su melodiosa y poderosa voz, fue Porfirio Barba Jacob, cuya Canción de la vida profunda marcó un gran hito de la poesía colombiana e hispanoamericana. En su poética pueden encontrarse muchos cantos melodiosos en los que se queja, en los que se duele de este mundo, de esta vida que le ha tocado en suerte. Aquí está por ejemplo, el poema Oh, noche:


Mi mal es ir a tientas. Con alma enardecida,
ciego sin lazarillo bajo el azul de enero;
mi pena, estar a solas errante en el sendero;
y el peor de mis daños, no comprender la vida (Barba Jacob, 20).
Y este otro, Ánima victa, en el que se queja del dolor, de la tragedia
en que se ha convertido su vida, que no sabe cómo avanza, ni a
dónde lo lleva. Esa es la tragedia de los hombres, de los poetas:
Ya ni dolor, ni voluntad, ni ensueño,
Ni gajo de laurel… ¡ya ni siquiera
Mi corona de espinas!
Del cuerpo en flor la vibración postrera
una indolente laxitud apaga (Barba Jacob, 1999: 120).


Luego vendrán los poetas nadaístas, entre ellos, Jota Mario Arbeláez, con su poema Ronda de la muerte, en la que muestra todo lo que les pasa no solo a los amigos, sino a la sociedad que se va enfermando de maldad y de opulencia: “No hay día que no traiga como un fatídico cartero noticias acerca de la muerte de algún amigo de infancia. No es que estemos muy viejos ni que ha estallado la guerra, no hay epidemia declarada…” (Echavarría, 1996: 197).


El movimiento nadaísta es, de alguna manera, una voz crítica, que reclama en nombre de los desvalidos. Jaime Jaramillo Escobar, conocido como X-504, en su poema Aviso a los moribundos, crítica sobre todo a los mismos colombianos que se entregan a sus creencias, pero no han hecho nada para que su situación cambie:


“A vosotros, los que en este momento estáis agonizando… ahora
sí que os podréis jactar de no ser como los demás…” (Holguín,
SF: 228).


También está el poeta Arturo Arcángel, un poeta menor del nadaísmo, que narra toda su tragedia como ser humano en sus libros. Basta con ver los nombres de algunos de ellos, para ver la magnitud de su dolor, de su enfermedad: 13 poemas a quemarropa, mientras se oxida Dios, Graduado en desventura, etc. En su poema Razones del insomnio, señala que “el corazón es un país propenso al caos y la guerra. El corazón enferma de poema y no hay doctores que lo entiendan, así como un país enferma de huracanes, llantos, luto…” (Arcángel, 1982: 34). Así muestra el padecimiento de las gentes, que tanto le duelen y se reafirma en su deseo de cambio.


También Giovanni Quessep les tributa varios poemas a las penas, no solo a las de amor, sino a las de su país. En su poema Cercanía de la muerte, les muestra a sus lectores que “El hombre solo habita una orilla lejana. Mira la tarde gris cayendo, mira las hojas blancas… rostro perdido del amor apenas canta y mueve la rueda del azar que lo acerca a la muerte” (Quessep, 1978: 52).


Y otro poeta que le canta al dolor, a los padecimientos de la patria, es el poeta Humberto Márquez Castaño, cuya voz recuerda los versos del poeta Roque Dalton. En su poema XXXV hace una descripción del cuerpo de un ser humano que se va desfalleciendo. Y la descripción, por lo demás, parece hecha por un médico:


“Temprano en la mañana cuando las estrías de la piel son más
visibles y las cicatrices de las heridas del pecho se vuelven duras
y palpitan. Cuando el cuerpo de adentro se vuelve musculo
encallecido y viejo, cuelgo aquí en mi garganta mi silencio…
cierro mis ojos, doblo mi tacto, encarcelo mi gusto” (Márquez,
1987: 69).


Y finalmente aparece la grande voz del poeta Raúl Gómez Jattin, que desde su locura, no solo como poeta, sino desde su esquizofrenia, nos presenta el dolor y la angustia que viven los poetas en estas tierras en las que nadie lee poesía: “en la clínica mental vivo un pedazo de mi vida. Allí me levanto con el sol y entre tanto escribo mi dolor y mi angustia” (Gómez Jattin, 2004:
150).


Y reconoce tanto su enfermedad que hasta llega a quererla, a aceptarla como un don que debe asumirse con aprecio: “¿Quién fuera otro libre pero analfabeto? No y no lo quiero. Prefiero padecer con las palabras, padecer pensando a estar amarrado a un placer sin el cielo del espíritu” (Gómez Jattin, 2004: 152).


Su poesía toda es el reflejo de una sociedad enferma, de guerra y de hipocresía. Una tierra en la que solo los poetas y los enfermos podrán sacarnos adelante, como en una visión de san Lorenzo, que engañó al Diablo diciéndole que le entregaría su mayor riqueza y le llevó los enfermos de su parroquia: La obra de Gómez Jattin es unas veces alegre y festiva y otras lenta y melancólica.
Se reconoce tal cual es, en sus alegrías, en su enfermedad y en sus infortunios. En su poema Anuncios, por ejemplo, a pesar de que tiene la brevedad de una instantánea, deja pintada su vida trágica que anuncia quizás ese terrible final, que lo hermanará para siempre, por lo menos a nuestros ojos, con José Asunción Silva:

Caigo de mí
Hacia mí
¿Dolor? no
¿Angustia? no
¿Qué pues?
Vacío que me espera
Anuncio de la muerte (Gómez Jattin, 2004: 147).


Puede decirse que en sus muchos libros, Raúl Gómez Jattin se defiende y ataca. Pide a gritos que lo dejen ser como es. Que lo dejen enfermo, loco, triste. Y como un gran profeta, como un gran poeta, al final nos redime a todos los que hemos escrito poesía. En el poema Me defiendo señala cuáles son los motivos de la escritura. Más en este país que nos ha tocado, en el que a la tragedia de la vida, el dolor, la enfermedad y la muerte se le suma el dolor de tantas guerras. Su mensaje, su súplica de que se acepten los poetas es un canto a la vida, pues señala que son ellos, los bardos, los que tienen un asomo de respuesta a todo esto que les pasa a los hombres:


Antes de devorarle su entraña pensativa
Antes de ofenderlo de gesto y de palabra
Antes de derribarlo
Valorad al loco
Su indiscutible propensión a la poesía
Su árbol que le crece por la boca
Con raíces enredadas en el cielo
Él nos representa ante el mundo
Con su sensibilidad dolorosa como un parto
(Gómez Jattin, 2004: 65).


Finalmente, lo que puede decirse es que la poesía es el mejor lugar para depositar nuestras dolencias. Por fuera de la poesía no deben buscarse soluciones a los males del mundo. La enfermedad y la muerte encuentran su mejor remedio en los poetas. Los pacientes a los que se les recomiende leer poesía llegarán más pronto a su cura que aquellos a los que solo se les recomiendan pastillas y operaciones.


Además, como lo demuestra el hecho de que la mayoría de los poetas han sido personas débiles y enfermas, quienes escriben poesía están más cerca de su propio alivio que aquellos que son incapaces de hacerles un canto a sus males. Por todo ello, los médicos deben incluir en sus recetas y tener entre sus remedios más eficaces la lectura de poemas. Sin olvidar, claro, que el más eficaz de todos, eso ya está demostrado, es la escritura. En la escritura los hombres se hacen libres y sanos.



Bibliografía:


Arcángel, Arturo, Graduado en desventura, Artesa, Burgos, 1982
Barba Jacob, Porfirio, Poesía completa, Planeta Colombiana
Editorial, Bogotá, 1999
Carranza Eduardo, Hablar soñando, Fondo de Cultura Económica,
México, 1983
Charry Lara, Fernando, Antología de la poesía colombiana, Tomo
I, Biblioteca Familiar Presidencia de la República, Bogotá,
1996
Echavarría, Rogelio, Antología de la poesía colombiana, Tomo II,
Biblioteca Familiar Presidencia de la República, Bogotá,
1996
Flórez, Julio, Sus mejores versos, librería editorial la gran
Colombia, Bogotá, 1943
LA ENFERMEDAD EN LAS OBRAS LITERARIAS
REVISTA MEDICINA NARRATIVA 185
Gómez Jattin, Raúl, Amanecer en el Valle del Sinú, Antología
poética, Fondo de Cultura Económica, Bogotá, 2004
Holguín, Andrés, Antología crítica dela poesía colombiana,
Biblioteca de Centenario del Banco de la República,
Bogotá, S.F.
Márquez Castaño, Humberto, Obra poética, Universidad de
Nariño – Editorial Oveja Negra, Bogotá, 1987
Ochoa, Jorge Mario, El poeta en De sobremesa, de José Asunción
Silva, Thémata. Revista de Filosofía, Nº 47, pp. 205-218,
Universidad de Caldas, Manizales, 2013
Pombo, Rafael, Sus mejores versos, librería editorial la gran
Colombia, Bogotá, 1943
Quessep, Giovanni, El libro del encantado, Instituto colombiano
de cultura, Bogotá, 1978
Silva, José Asunción, Poesía y prosa, Instituto Colombiano de
Cultura, Bogotá, 1979
Silva, José Asunción, Poesía completa / De sobremesa, Editorial
Norma, Bogotá, 1996

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