dom. Jul 12th, 2020

Poemas de Manuel Peñafiel Chávez

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Mi nombre es, Víctor Manuel Peñafiel Chávez y hoy por hoy, gozo de veintiún años. Vivo actualmente en una parcela cerca al Lago Calima y cabe aclarar, que toda mi vida la he pasado en el mismo lugar, salvo un par de años que residí en Guacarí (Valle del Cauca). El pueblo más cercano de aquí, es Restrepo, un pueblito pequeño con aproximadamente 18.000 mil habitantes, es famoso por tener la segunda Iglesia más alta del departamento y antaño lo era, por sus prominentes cultivos de café.

Soy Normalista Superior, graduado de la Institución Educativa Miguel de Cervantes Saavedra de Guacarí, y en este momento, me encuentro cursando la carrera de Sociología en la Universidad Abierta y a Distancia.   

Mis experiencias literarias, han sido en las cimas de la soledad y el anonimato, nunca he publicado nada, tampoco he tenido la oportunidad – corrijo – no me he dado la oportunidad de asistir a talleres, ni concursos, ni conversatorios de poesía. ¿Por qué? Porque andaba borrando en medio de prolija inseguridad…

Por otro lado, escribo particularmente en prosa, y mi poesía se caracteriza por no serlo, únicamente escribo con miras a ella, pero ¿Cómo lograrlo si ni siquiera sé lo qué es?


POEMAS


Agudo desazón

Miro el curso de mi vida, por una ventanilla neblinosa. Fatigado de este mundo, mi barba crece y crece y la luna se me vuelve cuadrada…

La etérea soledad, se posa sobre mi alma petrificada en el vacío, formando la sombra de un cadáver. Soy un árbol sin hojas, arraigado en tierra estéril. Todo suspiro, es un grito desde un pozo profundo carente de agua, es un alarido vestido de silencio.

Cabalgo sobre las cornisas de la vida, las riendas son mi sangre, mi sangre que habla y me enternece. El entusiasmo se ha ido de mi vida, arrasando con el broche de mi pecho, propiciando el asalto furtivo de un batallón de alfileres, que porto en mi carne blanda.


Fallecimientos

El ser humano, es un animal diseñado para sentir las miserias de la vida. Nace con la muerte incrustada, no sólo para su cuerpo, sino que se extiende, hasta los confines más ocultos de la existencia.

Arrojados en las zanjas de nuestro ser, se halla todo lo inerte que pertenece a nosotros: nuestros planes ingenuos, los nobles anhelos, las esperanzas derruidas, los futuros inalcanzables, las virtudes que se han quedado sin aire, las palabras sin vigencia, esos amores inconcretos, nuestros recuerdos maltratados, experiencias malheridas y un alma que desflorece…                .


Póstumo ocaso

Póstumo ocaso, que hizo coincidir nuestras pasiones, mujer desbordante de ávida ternura cáustica. Fuimos dos esqueletos, aburridos de nuestra piel primitiva, la gurbia de sentir otra piel nos encaminó a abrazarnos, a convertirnos en un nudo humano. Mis palabras tan diabólicamente insinuantes, ingresaron a tu oído, Eros fue invocado, dos pelmazas que respiraban vertiginosamente, convertidos en carne alquímica para la fertilidad.

Sentí el pálpito del corazón en mis codiciosos labios; deseoso de sentir lo mismo en los tuyos, representamos el ósculo endiosado por los vientos, nuestras fauces sumergieron a nuestras lenguas en un océano efervescente, los paladares se sentían como calderas derritiendo el plomo. Los pétalos del tiempo dejaron de caer, tu cuerpo fue la personificación de un sismo, que percibía leve por fuera, pero intensamente estremecedor en mi interior, tu cabellera enredó mis manos, sintiéndome prisionero del momento, declarándome portador de Estocolmo. 

Tuvo que terminar, no hay labios que aguanten la eternidad; arrebatamos cada uno los labios aprehendidos por el otro, con sumo cuidado de no ir a desgarrar nuestros sentimientos. Dionisiaco placer fue sorprender a mis labios con los tuyos, un beso que se vanagloria de haber sido conciliado por los dos. Albugíneo rostro demacrado, purpureas ojeras que hacen juego con las mías, pecas ruborizadas que por poco me llevan a amar. Maléfica y candorosa sonrisa la tuya, te he proclamado mi crónica saudade, tomaste mi mano, pero la soltaste muy pronto.


Inquietante abundancia

No me explico, el porqué de vivir una cantidad abrumadora de experiencias. Lo que he vivido hasta este momento, ya me trae una nostalgia amarga y venenosa, que hace burbujear la ansiedad, como una caldera encendida para plena fundición. Prefiero la añoranza tempestuosa, de un par de instantes, que de una infinidad infame de ocasiones sujetas al tiempo que se marcha. No encuentro ningún sosiego, en la idea de vivir muchas cosas, en esa abundancia de presentes efímeros, porque tendré mucho más que extrañar. Si pudiera dilatar los instantes hasta el final de mis días, de tal forma que mi existencia fuera como la de un caracol adormecido, encontraría una melancolía menos profunda en esa lentitud y escasez. No veo malicia en el resplandor de los momentos, pero hay una inquietud perniciosa, en el ensombrecimiento de los mismos, cuando estos se ven empobrecidos en el pensamiento histérico, de un hombre que ya no puede vivir nada más allá de una reminiscencia loca.

Todo episodio grato, tiende a malformarse en uno ingrato, en el momento, que no se puede retroceder a él. Viviendo mucho más, se replicarían las hienas de la desesperación, mi carne se cuartearía en un desierto de espejismos, los falsos oasis me elevarían a las cumbres arenosas, donde mis nervios se calcinen y la frondosidad de mi ser, sucumba en la sequedad absoluta, al igual que una hoja caída de su árbol.

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