Mie. Abr 1st, 2020

Selección poética de Pere Quart, Catalunya España 1899 – 1986

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Nacido en Sabadell en 1899, proveniente de una familia burguesa y una casa acomodada, pasa su vida entre lujos y privilegios. Renuncia a su vida burguesa para adoptar ideales republicanos durante la guerra civil, exiliado en parís se hace dueño de un estilo único, creador del grupo literario Sabadell, grupo que utilizaba el humor, sarcasmo, ideas vanguardistas y un rigor en la escritura. En vida Quart se consideró un autor dramático frustrado.


POEMAS



Cien años de Joan Maragall

Usted, Joan, era de otra madera.

Los hombres nacen y mueren
por el amor.
No hay nada como ver el sol,
el sol, la estupradora insolación.
Y el viento en su palacio.
La Naturaleza es muy bella
y ¡tan diversa y sabia!
La amada es una flor,
una planta la esposa:
veo flores y pienso en ti.

La muerte, dulcísimo poniente.
Pero temible como una ceguera
-que olvida todos los caminos-
y una sordera;
y deshace las manos que palpan.
Y es, oh Dios, una afasia:
la palabra muerta.

¡Los sentidos, los sentidos!
En último caso aceptaríamos
la muerte como un renacimiento
del espíritu, pero con los accesorios
y todo el aparejo de hombre mortal,
perfectos, consolidados para siempre.




Creo en la resurrección de la carne.

¡Digo de la carne!
¿Me oyes, verdugo?
Señor, familia mía,
hay jóvenes luchadores
de muscles¹ poderosos,
y viejos barbudos de cuarenta años
en San Gervasio.²

Gritan las voces de la tierra.
Ea, compañeros, ¡enarbolémosla!
La fe de los abuelos desaconseja bombas.
Del cielo nadie escapa.
¿Qué son los ángeles?
Briznas voladoras.

Veraneemos, veraneemos.
Mar inquieta, aquietadora,
suspiras como un pecho.
Pechos como magnolias,
la pelea gloriosa,
el lecho tempestuoso
de los amores lícitos.

¡Hay que ver!
Del somatén y hombre de brusi,³
«pura criatura de la Providencia»,
a quien tientan y exaltan
tan misteriosamente,
¡fraile diabólico,
conde réprobo,
bandido amancebado!

Y me doy cuenta:
¡canta anárquicamente
la ciudad anarquista!

Hay gente cruel, es cierto,
hay mala baba.
Carcajadas de sangre.
pero la buena vida buena
nos sorprende todos los días
por vez primera y dulce.

Ahora teclearemos para inspirarnos.
Beethoven, Verdi, da lo mismo.
El corazón se solaza como una cascada.

Usted, Joan, era de otra estofa.
Hoy los poetas son cautelosos
-entiéndase, los nuestros.
Juegan muy amarrados,
guardan muy recogido
el abanico de los naipes.
Si se tercia echan faroles. Y hacen trampas,
como todo el mundo.

Este rincón no cría excepciones:
las excepciones agujerearían
el culo del saco
donde rumiamos voces y silencios,
aferrados y a oscuras.

Don Joan, disculpe la franqueza;
pero no olvide
que usted y yo venimos de Sabadell,
pueblo de andar por casa.


Christmas

Plantan un árbol sin raíces
en el living
y hacen que dé de golpe,
turrones de Fatjó
y un tren eléctrico.
El favorito
y el dulce monopolista
descuelgan una estrella
-así como suena-, si quieren,
para el hijo embrutecido
que verraquea.

Entonces, ya está visto:
hacer milagros no es cosa de santos
hoy en día.

Ni tampoco se extraña nadie
-ni siquiera la rancia doncella,
beatona refinada-
de que el Niño esté desnudo
en invierno y de noche.

Por los christmas a tres tintas
se entrampan los pobres.

Y con el pretexto de los Reyes
degollaremos a tantos Inocentes cual convenga.

No, no exagero.


Codicilo de poeta

Os lego, amigos, sencillamente,
los tres humildes quehaceres de siempre:
vivir (y comer) con decoro cada día;
si podéis, encauzar codicia y lujuria;
pensar ( creer o dudar )
en la certeza y las hipótesis
de la muerte de la carne
y la vida nueva del alma.

No hay nada más que hacer; y ya basta.
El resto es literatura.


El amor del hombre

Existe la lujuria sucia y poderosa
-e intermitente como las campanas-
que nos encadena y arrastra a ratos
desde la raíz del gran deseo -clavada
en el centro geométrico de la carne-
secretamente atado a las potencias
de lo que es nuestra alma
-llamada así para entendernos-,
la cual lo atiza, lo dirige, lo exalta;
y pone en juego, dispara,
desenfrenadamente ,
todos los humores viscosos,
toda la ponzoña de la concupiscencia.



Promete, ¡y promete tanto!, cada nueva vez.

Expelimos en tumulto una profunda fuerza.
Virtud atesorada en el silencio
y la ignorancia de los sistemas íntimos.

Al buen tuntún nos revolcamos,
jadeantes, babeantes,
imperiosos como césares,
perfectos robots de la lascivia,
sobre el campo y pretexto de tanta furia,
¡la mujer!
ánfora blanda de la voluptuosidad.

Niños frenéticos, perseguimos el goce
y lloramos de rabia si nos detienen
en la carrera.

Carrera que nos llevará a la triste,
vergonzosa inercia
y desencantada paz;
al fin fuente agotada
en la amargura.

No sé el porqué -¿quién lo sabe?- de esa agrura de boca,
de ese residuo mixto
de asco y derrota.
¿Por qué, si es la naturaleza purísima
de la propia bestia,
la ley enorme de la vida,
quien nos mueve cual el viento a las semillas?

¡Humildad, hermanos! Desengañémonos.
Por lo visto, así es el amor del hombre,
y todos somos hijos de lúbricos ejercicios.
No hagamos aspavientos, y disfracémoslos,
por dignidad meramente burguesa,
con delicados motivos humanitarios,
y con la literatura de los trémulos juramentos;
y, sobre todo, con mutuas ternuras
de corazón a corazón.

Pues, de hecho, estas costumbres
son milenarias.


Espero, sospecho, temo, quisiera

Espero que no me mire,
               que no me vea.

Sospecho que está siempre,
                     que no falla,
                     que me tiene fichado,
                     que no hay escapatoria.

Temo que me amenace,
             que me riña,
             que me castigue,
             o que me espíe,
             y me siga.

Me desazonan los misterios
                              los oráculos,
                              los enigmas,
                              los dones, los privilegios,
                              los éxtasis.

Las ceremonias me desasosiegan:
                                 el culto,
                                 la nube sacra.

Y quisiera sentirlo y verlo
                      hablarle, entenderlo,
                      servirlo como un hombre
                      siempre.

 Quisiera que me tomara de una vez
                   o que me mudase en hoja,
                   en cosa pura, estúpida
                   en silencio o aire,
                   en piedra,
                   en átomo,

de su reino total.

Quiero amor o calma.

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