Sab. Feb 22nd, 2020

¿En qué momento el yoga perdió su carácter romántico y espiritual?

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Por Juan Andrés Gutiérrez

Hace diez años, acosado por una fuerte depresión y una crisis de ansiedad, al caer en un pozo sin fondo, en un laberinto del cual no encontraba salida, llegué a la práctica del bhakti yoga en un centro hare-krishna de la capital. Al entrar, encontré a un humilde maestro, Vegaban, un joven adepto de la corriente hindú, adorador de Krishna y del señor Hanuman, el dios mono, el dios guerrero que libra una fuerte batalla contra las presencias sutiles y en su mano sostiene el globo terráqueo.

Vegaban me introdujo a la practica del Yoga, tres días por semana llegaba al centro para recibir clases con mi nuevo maestro. Fueron momentos muy especiales, no solo practicaba una postura, no tenía interés en mi desarrollo corporal, no me interesaba llenar mi ego con algún tipo de asana, quería encontrar una conexión espiritual, una mano amiga, y la encontré.  Al iniciar, un viejo reproductor dejaba escapar por sus parlantes un tenue vibrar de campanas budistas y flautas zen. La tranquilidad se apoderaba de las mentes perturbadas. Una voz, nos inducía a una relajación consciente, cada palabra nos entregaba a una conexión grandiosa con esa fuerza vital que mueve cada engranaje del mundo.  El enfoque de la práctica no se encontraba dirigido a mejorar los brazos, las piernas, a tonificar los músculos, la búsqueda de cada postura tenía la intención de sanar el alma; una conexión espiritual que hoy en día tiende a desaparecer.

Los Vegabanes se encuentran en extinción, los momentos bellos que viví, no volverán, en esos días se inauguró el primer eco yoga festival en el jardín botánico, estuve con mis compañeros y maestros ayudando y viviendo una tarde fabulosa. Recuerdo bien a Sir Ramzim, un hombre alto y delgado, poseedor de una barba prominente, articulaba algunas palabras con un español enredado, un acento europeo se escapaba por sus dientes. Ramzim, un viajero Harekirshna que en otros tiempos había tocado con diversas bandas de rock, entre ellas Scorpion (Guitarrista de sesión). Después de cada clase en el centro hindú, el maestro y ex-músico tomaba su guitarra y entonaba canciones sacras, mantras y adoraciones provenientes de la india; la humildad de Sir Ramzim era la enseñanza diaria, pasé momentos felices pero por dinámicas de la vida abandoné toda la  práctica, olvidé la enseñanza, las asanas, olvidé saludar al sol y a la luna, olvidé mi mat en un bus con ruta hacia el norte, olvide todo. Sin despedirme emigré a la noche olvidando las viejas estatuas de Shiva y Kali. Mi última actividad con la comunidad fue realizar un evento de poesía hindú donde leímos fragmentos del Bhagavadgita.

Hoy, ya después de diez años, puedo asegurar que no queda nada, la última vez que asistí a una práctica, encontré a un maestro histérico, anclado en su propio ego, con rutinas bajo música electrónica, con un centenar de personas que buscaban un bienestar físico pero no espiritual. Me encontré perdido, sin ninguna conexión con el alma, como un vaso de porcelana con bellos grabados, un vaso que guarda en su interior veneno, una bebida pestilente.

Hoy en día, por particular que parezca, una práctica milenaria como el yoga ha perdido su característica más importante, la de unir, la de crear un bucle para unir el alma y el cuerpo; encontramos yoga en parques, cajas de compensación, gimnasios, hospitales, diplomados, certificación para maestros, encontramos yoga en un sinfín de lugares, dado su beneficio y a las virtudes que ofrece una practica ancestral.  Y en esa masificación de la práctica es donde perdimos el alma y el corazón.  Hace unos días escuché diversos testimonios que me llevaron a cuestionar la práctica y la forma en que se aborda las sesiones por algunos maestros.  Personas sin amor por el oficio y con el objetivo de cumplir un trabajo, exponen a sus alumnos a realizar la practica sin el menor cuidado, sin un conocimiento previo del estado de salud del seguidor e iniciado en la práctica. El yoga del alma y del amor, una utopía en el siglo del afán y la tecnología virtual.

Entre los testimonios, encontraba la exigencia absurda y obligatoria de cumplir las asanas a la perfección, no importando lesiones, no importando su estado de salud, no importando su condición física, parece que la meta de la práctica fuera conseguir una postura estéticamente correcta, algo parecido al Ballet, un ejercicio puramente físico. El maestro debería tener en cuenta la intención de la persona que se acerca al yoga, hoy en día, muchas de las personas que desertan del yoga lo hacen por la falta de empatía con las enseñanzas del instructor. Es gracioso conocer maestros que no se cambian, no utilizan su mat, no tienen prendas adecuadas, pero sentados en una silla con  Jean y chaqueta de cuero dictan su clase a dedo, teniendo la asana en su boca y no en el corazón.

Parece que la practica estuviera guiada para cisnes bellos, fuertes y vigorosos con cuerpos elásticos, pero no para esas aves de rapiña con extremidades quebradas y plumas alborotadas, El yoga debe trascender, debe conectar el cuerpo, el alma y el corazón, en caso contrario es mejor que devuelvan el dinero y cancelen la inscripción.

Juan Andrés Gutiérrez

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