Mie. Nov 20th, 2019

Desde Uruguay llega, Mónica María

3 min read

Nace en 1995 en Bogotá. No le gustaba leer hasta que empezó a escribir y necesito leer otras voces. Así, a los 15 años se daba paseos con la Náusea bajo el brazo por las esquinas del apartamento de su madre en Suba. Huyó muy chiquita de ahí, armó sus valijas y anduvo en algunas regiones del sur del continente, hasta aterrizar en la ciudad de Buenos Aires, y actualmente habita Uruguay, ciudad que la acoge hasta el día de hoy y donde ha formado una familia con la escritura, el sol y su hijo. Estudió música y en el año 2015 publicó una compilación de poemas escritos entre los años 2013 y 2015 de manera independiente y con la colaboración de varios. En el año 2016 vuelve a publicar un poemario con dos ediciones, llamado Fruto de Saudade.



A veces dos voces

La noche calló.
Dejó de sangrar y su silencio me desgarró.

¿Quién decide recordar?
Es un atropello de gaviotas, te dije.

Añadías a este pulso una luz trémula y candorosa
Traías a mis habitaciones postales de sombras
que otrora reconocí como improbables.

Seremos en estas paredes
humaredas y obituarios deliciosos.

En cada sombra me reconozco
atado a la existencia de luces ajenas
la copa se derrama sobre tu vela
y por un instante eterno sostenemos el tiempo
sin prisa, pero con miedo
ese miedo de perder lo que ahora y nunca será nuestro.

Nos abrazamos a lo ajeno
y allí, a lo lejos
se siente revolotear esas alas
las tuyas, las de siempre.

Y es que flotábamos circunferencialmente
Entre espasmódicos gestos, cadencias.

No es la niebla tu reino
tú tienes el material resbaladizo
del ardiente suspiro adolescente.


Villa Santa Rita



Del origen del dolor

Estos dolores que no tienen nombre

estos míos dolores que no duelen en ningún lado

y en todos que se reproducen por cada célula

que suben y bajan hasta la médula

haciéndola temblar de miedo.

Estos dolores nerviosos, errantes

que vienen a posarse cuando hay demasiado silencio

y tan poca tierra

para

cubrirlos

que huelen a ternura

como si se supieran tercos de lo ancianos.

Que tienen la edad de las tortugas

y se desplazan lentamente y flotan debajo de la arena

porque no tienen ni pies ni manos,

pero se agarran infalibles a las sombras,

al olor de la noche y los días que se le parecen.

Yo estoy al lado de un dolor que no me habla

y le pregunto:

¿Qué pasa dolorcito

qué haces ahí llamando a otros dolorcitos

para dolerme tanto?

Y este dolor sólo me mira perplejo,

como diciendo

tú sabes, tú sabes…

pero yo no sé de dónde me nacen estos golpes de pecho

que van detrás mío

que van peregrinos de un camino de piedra

que vienen penando silenciosamente

y se quedan absortos en un punto fijo

hasta deshacerse en lágrimas

tibias, espesas y blancas lágrimas,

arrancadas suavemente de las entrañas de estos dolores

para darles forma, mérito, continuidad,

para nutrirlos y amamantar su soledad.

Y que cuando vengan unos nuevos

haya un colchoncito de sales

para que no sufran de frío, de desamor, de sed,

para que puedan iluminarse y estar despiertos cuando

los

otros

duerman.



IV

Necesito mi tiempo perdido

y purgarlo de esos besos en los que vivo,

aligerarlo del pasado plañidero

palidecer mis horas

a solas – sin que ningún parpadeo asista

este soplo genuino de mis pesadillas.

Necesito exiliarme del recuerdo mortífero

de los fantasmas obstinados en invadirme.

Mis horas, necesito

para descongelar la vida de su letargo

amoroso

letargo

vencido.



Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Copyright © Todos los derechos reservados / Hoja negra oficial Colombia | Newsphere by AF themes.