Mie. Nov 20th, 2019

Poemas de Emilio Paz Panana (Perú)

4 min read

Emilio Paz Panana (San Martín de Porres, Lima, 1990). Egresado de la carrera de educación, especialidad de Filosofía y Religión, por la Universidad Católica Sedes Sapientiae. Autor de “Septiembre en el silencio” (Club de Lectura Poética, 2016), “Laberinto de versos” (La Tortuga Ecuestre N° 384, 2018) y “La balada de los desterrados” (Ángeles del Papel Editores, 2019), así como también de la Antología Virtual “Discursos Estéticos” (Liberoamérica, 2019). Poemas y cuentos suyos aparecen en diversas antologías y publicaciones en medios impresos y electrónicos de Perú, México, Costa Rica, Ecuador, Chile, Argentina, Estados Unidos, India, Brasil, Venezuela, Rumania y España, siendo traducidos al inglés, portugués, rumano y tamil. Obtuvo el IX Premio Internacional de Cuento y Poesía “El Parnaso del Nuevo Mundo” 2019 en la categoría de cuento, así como el Mes de las Letras 2017 por su poema “¿Qué es la poesía?” otorgado por la Fundación Marco Antonio Corcuera. Ha participado de diversos recitales poéticos y congresos internacionales de filosofía, además de haber dictado el taller de lectura poética en clave de filosofía titulado “La vena de la inspiración” en la UNMSM. Ha publicado ensayos académicos en torno a la relación entre estética, educación y poesía. Actualmente dirige el blog “El Edén de la poesía” (https://edenpoetico.wordpress.com) y ayuda a coorganizar los recitales benéficos Las voces del colibrí y la revista Kametsa.


POEMAS


CRISIS

Tirar la ropa sobre la sombra
de lo que queda de la memoria.

Sentir el cuchillo cortar la mantequilla,
la frialdad de los cubiertos,
el triste desenlace de los niños
que no recuperaron la sonrisa.

Tirar la esperanza
como se tiran las sobras de comida
y un pescado que mira con resignación
el cuchillo que lo corta en tiras.

Más la palabra muerta se ensancha
y encierra, en ella, todas las muertes
que ocurren en la Panamericana.

Los refugiados son hijos sin patria
y en el mar de asfalto
dejan el salado sabor de la tristeza.


PAISAJES AUTÓNOMOS

Miro a la gente, al bullicio,
el hábito morado que cuelga de anchas caderas.
El olor del sahumerio, de los dulces,
la banda y los cohetes.
Miro a la gente, aglomerada,
prisioneros de su fe.
Miro y recuerdo a los muertos,
a los presos, a los niños que piden dinero.
Miro y pienso en el señor que reniega por el tráfico,
en las inmensas colas del Metropolitano,
en la señora que vende turrones para pagar
la universidad de su hija.
Miro y contemplo el peregrinaje férreo de la fe
que busca mantenerse despierta
después de casi cuatrocientos años.
Pero contemplo una lágrima a lo lejos
y observo que el Señor llora sobre sus andas,
cada año lo sacan a pasear,
pero lo dejan desnudo y triste,
mientras los hombros de los hermanos
comienzan a agrietarse por el paso de los años.
No quedan los mismos caminos
ni los mismos olores,
solo quedan los sinsabores
de un año más que la gente se odia
y que el Señor está con los brazos abiertos,
con la cruz a sus espaldas,
esperando porque la gente lo abrace,
no que la gente coma turrón en su adelante.
Miro y contemplo,
miro y observo que cincuenta céntimos caen
y dos niños se pelean por saber
quién se lo va a quedar.


PAISAJÍSTICA

Una catarata cae
y una madre llora a su hijo perdido.
El agua de la Sierra no es tan salada
como el agua de los océanos:
la cantidad de muertos no es igual.

El silencio criminal
que se junta entra las palmas de los amantes
comenzará a germinar como una flor de amapola
y podrán ir olvidando la escena de sangre.

Una catarata cae
y la esperanza de los hombres
queda bajo un manto de rocas sin nombre.


NO LE RECES A LOS MUERTOS

No le reces a los muertos

         ¡Sálvalos!

Sálvalos del olvido y del silencio,
de la decoración de flores
y del vacío del cofre.

Sálvalos de sí mismos
y de la muda fe que los acompaña.

No le reces a los muertos.

Rézale a Dios que todo lo ve,
pero que nada hace.
Crea un nuevo credo y enséñalo
para que los niños sepan
que el cielo no es el cielo
y que el infierno está sobre la tierra.

No le reces a los muertos,
ellos lloran en su palacio de olvido,
en su montaña dantesca.
No les reces, recuérdalos,
ponles comida y cerveza en su altar
cada primero de noviembre.

No te olvides de los caídos,
de los que no tienen nombre,
de los que peregrinaron
y jamás llegaron a su destino.

Piensa en los pequeños enterrados
entre brazos de árboles
que crecen en la Amazonía.

No le reces a los muertos,
¡sálvalos! Sálvalos del olvido
y piensa que salvando a un muerto
Dios sentirá que Jesús no ha muerto en vano.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Copyright © Todos los derechos reservados / Hoja negra oficial Colombia | Newsphere by AF themes.