Mie. Nov 20th, 2019

¿Por qué odian a Gonzalo Arango?

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Por Juan Andrés Gutiérrez

Nadie es profeta en su tierra, dirán algunos pensando en los poetas que alcanzaron la posteridad, pero no el amor de todos sus coterráneos. No hay figura más incierta que la imagen del poeta y su obra, variable como el clima, fría como la lluvia o candente como el sol, consoladora como la brisa que golpea la primavera.

La imagen del poeta se nos presenta en todos los tiempos, en cada era, bajo cada sol y cada siglo, en Colombia se nos presentó la figura de un profeta, un poeta nacido en Andes, Antioquia, una noche del año 1931, fundador del movimiento de ruptura “El Nadaismo”. Gonzalo Arango es su nombre, una bestia indomable, un ángel, un jugador que apostaba con dados invisibles. El profeta nació en una Colombia religiosa, conservadora, llena de prejuicios y con un panorama literario nada alentador, los círculos herméticos del momento se agrupaban en escritores y poetas que respondían a una elite, a la academia y a una sociedad que demandaba del artista ser parte de un conglomerado intelectual. Fueron esos círculos y grupos los que no aceptaron al profeta, lo condenaron al ostracismo generacional.

Fue en el año 1969, el nadaísmo daba sus primeros pasos incautando la inocencia, violentando las vírgenes de yeso, quemando las biblias, besando las piernas de Marilyn Monroe. El virus desatado por el nadaísmo, la fiebre en la juventud, la poesía en boca de jóvenes con mochila y saco de lana no representaba, no fue bien vista por otros poetas de la sociedad colombiana, fue en el 69 cuando los poetas de “la generación sin nombre” levantaron un manifiesto en contra del Nadaismo, buscaban reivindicar el nombre de poetas como: Aurelio Arturo y Mutis. El manifiesto fue firmado por 70 poetas de otra estirpe, entre los firmantes y promotores se encontraban: Juan Gustavo Cobo Borda, Jorge Zalamea, Marta Traba, Manuel Mejia Vallejo, Álvaro Fayad entre otros nombres.  Era tan grave el malestar que despertaba el Nadaísmo, que el poeta Héctor Rojas Herazo, juzgó a Gonzalo Arango de manipulador e ilusionista de una secta. El odio contra el nadaísmo, no podemos negar, lo abanderaba también la amenaza de tener un contrincante en el ámbito literario, otro grupo de poetas, otro discurso que era asimilado por una juventud cansada de las mismas voces, del icono divino, del eslogan angelical que representaba el poeta.

La aversión contra el profeta perdura en nuestros días, una aversión que registra la realidad de los círculos poéticos de todas las épocas en nuestro país, poetas confinados en ciertas cofradías o grupos, batallando por permanecer en el tiempo, por ser parte de alguna colección, alguna enciclopedia que los inmortalice por los siglos de los siglos. Es curioso que la condena a ostracismo perdure hoy en día contra el profeta, amado por algunos y odiado por otros, un odio heredado, desconocen la obra en totalidad de Gonzalo, pero lo aborrecen.

De Gonzalo no se habla en las tertulias, no se habla en los clubes de lectura, no se fabrican recitales, si se cita el nadaísmo en algún homenaje se procura dejar por fuera al profeta, pero esa es otra condena que lleva a cuestas, la condena por traicionar el nadaísmo. El nadaísmo incendió la imagen de Gonzalo y el cordón que lo unía al nadaísmo. Una tarde en Cali, en el año 1963, los nadaistas organizaron una quema simbólica, queriendo exorcizar a Gonzalo de las bocas irreverentes que destilaban versos y achis.

El nadaísmo continuaba en su apogeo, Jota Mario, X-504 y otros poetas cercanos al profeta abanderaban los manifiestos, los acoplaban a sus vidas, vivenciaban el nadaísmo, pero para Gonzalo el nadaísmo ya había muerto, Gonzalo lo dijo bien en sus cartas, pero los nadaistas no pudieron escucharlo, el profeta decía. “Pertenezco más a la vida que a la literatura y a la hora del juicio final me gustaría más encontrarme con las mujeres que amé, que con los libros que escribí”

Gonzalo era un poeta de la vida y cuando la vida tocó a su puerta no se pudo resistir a los abrazos, a los besos y al sexo de Angelita, estaba condenado y había condenado al Nadaismo, cuando la vida tocó a su puerta no pudo negarse a ser aliado de la dictadura de Rojas Pinilla, cuando la vida tocó a su puerta no pudo evitar saludar al presidente Carlos Lleras Restrepo como: el poeta de la acción, tampoco pudo evitar apoyar la candidatura de Belisario Betancourt, Gonzalo Arango había dado dos pasos al costado para apartarse del movimiento trasgresor, ya no le interesaba despojar de la túnica a la virgen maría, no le animaba morder sus pezones, no deseaba destronar todos los ídolos, el único ídolo para el profeta era su Angelita.

Gonzalo tenia claro que no iba a morir en su propia ley, el nadaísmo había pasado en su vida, lo había abandonado, lo dice en su correspondencia violada: “No, yo no soy el pan de los ángeles de mi generación” Arango sabía bien, que, si quería permanecer hasta el final, debía morir en su ley, destronando todos los dioses, incinerando todo altar. Gonzalo entendió, lo dice bien: “-Ni la portada del Time nos hará inmortales, Ni Life nos salvará de la muerte, Ni el Tiempo nos dará la razón, Ni el nadaísmo es una bolsa de valores en crisis para salvar la humanidad” el nadaísmo estaba agotado en la experiencia de vida del profeta, ya no sentía afinidad por los preceptos abanderados por los poetas insurgentes, quería entregarse a eso que siempre anheló, la vida.

Gonzalo Arango y Angelita

No era amante de la muerte, llevar el nadaísmo y responder a la figura icónica de mensajero o enviado de la revolución poética, significaba desaparecer. Miremos a los Beat en Norteamérica, sobre el padre de los Beat cayeron los mismos señalamientos, la sociedad y los mismos beat lo acusaron de traidor, Kerouac, el menos Beat de los Beat. Pero a diferencia de Gonzalo, Keroauc murió en su ley, ahogado por el Whisky, el vodka, Neil Cassady lo llevó de la mano al cielo, ese cielo que le pertenece a un ser mágico como Jack, la carretera.

Debemos reconciliarnos con el profeta, las peleas y los desaciertos que surgieron en su vida no nos pertenecen, el contexto de la sociedad colombiana de los 60 y 70 quedó en el olvido, no tenemos valores que destruir pues todos fueron destruidos, no tenemos ídolos a los cuales profanar, pues ya profanaron todos los panteones. No queda nada, nada permanece. Al final todos traicionaron el Nadaismo, todos fueron “poetas de la vida” menos los que murieron bajo el brazo perdido de la Nada. Hoy, así no quieran, el nombre del profeta vive en los libros de historia, su nombre quedó consignado en los volúmenes de la literatura colombiana.

Cuando el profeta quería escapar de la nada, abandonar la insignia de mesías, al estilo Charles Manson, la muerte le recordó que de sus designios nadie se escapa, por eso la parca lo buscó una tarde de 1976 a las alturas de Gachancipa, se lo llevó en un accidente automovilístico. Gonzalo buscaba escapar a Londres, Gonzalo buscaba huir de su designio “La poesía lo dejaba confuso, sus negras llamas lo destruían”  pero la poesía le recordó «De mí nadie escapa» nadie.


Juan Andrés Gutiérrez
Director de hoja negra

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