Lun. Oct 21st, 2019

Sibutramina (Cuento) por Juan Andrés Gutiérrez

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Nota: Sibutramina es un relato escrito en el año 2008. Ya ha pasado el tiempo, pude mejorarlo o transformarlo pero reconocí que el sentimiento en cada linea goza de una fuerza descomunal, cualquier cambio destruiría lo que quise comunicar aquella tarde de Julio.

Sibutramina

“Sic ego nec sine te nec tecum vivere possum”

Publio Ovidio Nasón

Detrás del espejo se oculta un demonio con mis ojos, con mis pobres labios y mi rostro lánguido, el cual grita que soy fea, que he engordado, que necesito hacer algo sino reventaré una mañana cualquiera, me decía Alejita con sus pupilas aguadas mientras corría hacia el baño, sujetando su vientre, haciendo gestos abruptos para culminar gateando sobre la alfombra. Enclaustrada y con la puerta aprisionada golpeaba con su cabeza las paredes, mugía con violencia, agarraba su cabello y trasbocaba sobre el baldosín ennegrecido.

Arrojada en un rincón respiraba suavemente, el demonio que se ocultaba en el peinador cerca a su mesita de noche guardaba silencio, no la acusaba, no levantaba el dedo para decirle que era una obra imperfecta, que solo si dejaba de comer guardaría silencio y no regresaría, desaparecería para siempre.

 Alejita corría débil de nuevo al cuarto después de azotar las vísceras y esforzar el organismo en un ritual diario, el cual le otorgaba el don de la palidez, de la flaqueza, de la enfermedad. Ya en la recámara observaba el espejo y esperaba no encontrar a ese ser pusilánime, odioso y vengativo, a ese demonio que la observaba con sus ojos, que le hablaba con idéntica voz, el cual le hacía gestos abruptos. ¡Ay! Pero tal era su descontento al encontrarlo algunas veces sentado, de pie, sonriente o llorando, que en un arrebato intentaba arrojarse por el balcón, cortarse las venas o ingerir alguna dosis excesiva de medicamento.

Yo le imploraba a Alejita, le hablaba con fuerza, le decía: qué me escuchara, qué él no existía, que no había tal demonio detrás del espejo, que no había tal arlequín con risa bufonesca, que así fuera necesario rompería el espejo, ¡lo rompería para que el huyera! En mis brazos reaccionaba implorándome que no lo rompiera, qué ya no lo escucharía, qué no lloraría por sus muecas, qué ya no se doblegaría a su voluntad y ya no contaría las calorías de cada comida ni escondería la merienda bajo la almohada, que tendría fuerza para alejarlo con mi amor, que necesitaba tiempo. Yo sólo besaba su frente y ella dormía, dormía en mis brazos.

Al día siguiente Aleja despertó algo débil con los ojos enmarcados en un círculo de hollín, con labios áridos como arena desértica y con voz ronca como mar que golpea la peña, tomó una ducha muy en la mañana abrigándose con su falda, su camisón blanco, sus medias hasta la rodilla y sus zapatos negros que combinaba con su mochila de lana donde guardaba sus libros de física cuántica, sus pequeños textos de aritmética, algún tratado de antigua alquimia y un pequeño cuadernillo de poesía, en el cual solía extraviarse como un ave, pues Aleja decía que su alma era de aire, su espíritu pluma y su fin el gran azul, la inmensidad.

Ya en clase, apoyada sobre el ventanal, observaba no al maestro si no a los retoños de las rosas, los árboles que solían perderse en un sendero infranqueable de automóviles, se percataba al palpar el vidrio de su languidez, de su rostro demacrado, antes reluciente y hoy con vetas rojas, de su nariz afilada actualmente trazada por un hueso que dejaba notar sus altibajos en la humana forma. Entonces Paula arrancaba en risotadas, ¡la tirana! la apodaba Alejita, pues tenía ojo angélico para percibir el defecto en sus compañeras, arrancaba en risotadas y acercándose sigilosamente le susurraba a su oído, Aleja la urraca, Aleja el esperpento, Aleja la fea, Eres amorfa Aleja, Compungida, ocultando el rostro en sus manos solo acertaba a zambullir su frente en el tablón del pupitre donde arrancaba a llorar desconsolada.

Alejita arrojaba sus libros huyendo hacia el patio donde cerca de un arbusto se arrojaba de bruces a llorar, a llorar la mala suerte, a llorar el odio, la venganza, a convertir piadosa la furia en lágrimas como una virgen. Al final, era un colegio católico y los mártires como las novicias conocen bien de la culpa, el azote y la indulgencia.

Al regresar a su apartamento Alejita buscó a su madre, doña Caridad viajaba para distraer sus penas queriendo olvidar la muerte de su esposo, un viejo enfermizo, un veterano aficionado a los perros como a las aves exóticas. Caridad Había prometido que llegaría pronto, en el momento justo, cuando su espíritu se sumergiera en un mejor estado lejos de tristezas y la monotonía de los días, pero no fue así, la niña solitaria no encontró a su madre ni a su padre, solo un espejo, y un demonio que le gritaba obesa, adelgaza, yerta, lánguida, urraca.

Luego me llamaba, me decía que por favor la visitara, que se sentía muy mal, que tan solo un minuto más y saltaría por la ventanita de roble y se esfumaría con las aves- yo no le contestaba- hace tiempo solía perder el control y figurarme en un estado catatónico- gritaba de nuevo, decía que había vaciado un tarro de Sibutramina, que se cortaría las venas y se dejaría hundir en las olas de su bañera como un barquito de papel, que me dejaba algo escrito con Valentina, que pensó, que yo entendería por eso de escribir poesía, de ser sensible, que sólo era un maldito loco que conocía a lo más de borrachera y droga. No le respondía, le otorgaba mi silencio, pues ella no entendía que del otro lado del teléfono también sufría, mi corazón se encogía, se empañaba con fríos estruendos para bombear con fuerza toda la sangre por cada cavidad de una manera abrupta y desconcertante. Enrojecía, sudaba y lleno de pánico gritaba, gritaba con culpa, acusado, no esperando que entendiera, sólo le ofrecía unos labios ausentes. Si ella conociera mi dolor. Pero Callaba, sólo callaba, pues era la muestra de mi alma destrozada. Y Alejita llorando, llorando me decía: maldito, ¡maldito insensible! Y yo sólo temía.

Al anochecer, arribé donde Aleja, golpeé la puerta con mi puño, una, dos y tres veces, todo descansaba en un inquietante reposo, hasta la puerta como una muralla infranqueable entre sus ojos y los míos, nuevamente azoté el portón con desespero, nuevamente con el puño. Se abrió suavemente, observé a Valentina con los ojos aguados y las mejillas cuajadas de lágrimas, lagrimas que abrían paso entre una piel almidonada. Alejita permanecía en el sofá, en el fondo del sillón, hundiéndose en la espuma con el cuerpo recogido, los brazos ciñendo sus piernas y las rodillas sosteniendo el rostro, débilmente sollozaba y repetía: ¡El demonio me va a llevar y yo tan bonita y débil! ¡Y moriré sola como mueren las gordas! ¡Sola!. Tomé su rostro levantándolo y dejando relucir la belleza de mi Alejita.

¿Te acuerdas? -Me dijo- del viaje, del buque, de la felicidad que nos espera si aún la vida no nos condena. Yo sé que has llorado ¿cómo no saberlo?, pero acarreamos una maldición desde nuestra cuna, somos una generación perdida, una generación sin rumbo y nadie, nadie puede ayudarnos. ¡Ah malditos espejos! Si alguien nos hubiera ayudado. Si alguien se apiadara de nuestra tragedia. Me besó con fiereza, con pasión, como si su boca emprendiera una despedida, como si su saliva se convirtiera en lágrimas y yo sólo temblaba.

¡No quiero más! Estoy triste, tengo miedo, mis manos tiemblan, me quiero morir, no aguanto, mis nervios se destrozan, quiero morir, no quiero más droga, no más cuartos acolchados. Alejita agarró un tarro de pastillas, un medicamento siquiátrico que usaba para disminuir su ansiedad, una droga que mezclada con Whisky producía breves alucinaciones y en dosis más altas conducía a una muerte lenta y dolorosa. Llevó su dedo al tarro y dejó que una pastilla se imprimiera en su pulgar, luego la introdujo en su boca y dejándola caer en su lengua besó mis labios haciéndome tragar así la pastilla y diciendo: ¡la cura! Seguidamente nos hundimos en un adormecimiento profundo, un adormecimiento como la muerte, en un ensueño sin pesadillas, sin sobresaltos, sin gritos ni sudores, sólo abrigados por la mano maternal de una brisa calurosa, arrullados por la musicalidad de las luces, por la luz y su sonsonete, por la música y su levedad.

Valentina había marchado, pero antes sobre el mesón dejó preparada la merienda: un par de frutas cortadas y un vaso de jugo, unos panes tostados con mantequilla y un dulce de leche. Por primera vez Alejita en una semana comía con ligereza, con un semblante manso y amoroso a la par que me contemplaba con sus ojos negros, los cuales me infestaban de paz. Tomó mi mano y me condujo hacia la alcoba donde acostado en su vientre le dije: ¡juiciosa! Ella siguió comiendo mientras la luz se convertía en sonido, ¡Aleja juiciosa! Pero la dicha fue corta, corto fue el momento, por qué unos minutos más tarde de nuevo en el baño trasbocaba, devolvía la comida, se introducía un cepillo para inducirse el vómito, buscaba laxantes, Sibutramina, antidepresivos y yo un poco de Whisky. Entumecida y débil gritaba nuevamente porqué en su cuarto el espejo le decía: ¡Gorda! ¡Amorfa! ¡Eres fea! ¡Hay que adelgazar! ¡Urraca!. Pasado un segundo arribó al umbral del cuarto y temblando me dijo: ya el efecto se acaba, Ya regresamos, no hay más pastillas, ¡Siento dolor, mucho dolor, me duele el vientre, me duele la espalda! ¿También tiemblas? ¿Tienes miedo? ¿Alucinas? ¡Pobre mi amor!, Aquí no hay nadie que te lastime, ¡Nadie! Entonces nos fundimos en un abrazo sediento bajo nuestros cuerpos sudorosos, yo la abrigaba del demonio que le gritaba con idéntica voz y ella de mis recuerdos, de mi terror, de mi pánico, como si construyéramos un mundo perfecto, un escudo, como si por medio de ese abrazo la dosis se condensara y nos diera un poco más de ensueño. Tomé el cuerpo de Aleja, su cuerpo delgado, su rostro que tanto amaba, pues lejos de sus creencias, Aleja, Aleja era hermosa, su rostro, sus ojos, sus labios, mas a falta de comida, su cuerpo, su cuerpo hoy era delgado en extremo. Y entre mis manos me parecía que su cuerpo cada instante adelgazaba más y más, y tuve miedo de perderla, miedo de que se esfumara en mis brazos, que se hiciera aire y al aire siguiera, la abracé de nuevo con más fuerza y nos sobrevino un sueño, un sueño profundo como la muerte, un sueño extraño y sublime. En él, observé a Alejita esfumarse, no lo recuerdo bien, la vi hacerse delgada y convertirse en una niebla grisácea hasta desaparecer en mis brazos. Traté de despertarme y solo temblaba, seguidamente observé el espejo y contemplé al demonio, era Aleja, mi Alejita en toda su hermosura.

Solo recuerdo que con la mano levantada me dijo adiós y yo dormí en un sueño profundo, un sueño como la muerte, solo un sueño, Aleja había adelgazado y se había esfumado.

Desperté….

Al día siguiente todo era blanco, las paredes acolchadas; Traté de levantarme y permanecía atado, grité, grité con fuerza, le pregunté al enfermero, le pregunté, le pedí por Alejita, él no respondió, solo atinó a inyectar un sedante en mi brazo, un sedante. Envuelto en lágrimas le pregunté:

¿Por favor, donde está mi Alejita? ¡Tenga piedad de mí!

Él sonrió y me dijo:

“¡Su Alejita hace parte de una breve paranoia, un episodio alucinatorio producto de una intoxicación con clonazepam y whisky, no se esfumó, no existió, ya en unos días la olvidara!”

Hoy solo pienso, hoy solo digo que…

ahora, ahora no se quien la protegerá, en verdad, no lo sé, del demonio que le grita con su voz: ¡Aleja la gorda! ¡Aleja la urraca! ¡Eres fea Alejita!

FIN

Juan Andrés Gutiérrez

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